
No se presenta. Irrumpe.
No porque quiera llamar la atención, sino porque la comodidad le resulta sospechosa.
No pertenece a ninguna tribu ideológica porque aprendió temprano que las tribus piensan en bloque y él piensa en grietas.
No repite consignas: las disecciona. No jura lealtad a banderas: las pone a prueba. En un país donde la opinión suele alquilarse por temporada, decidió pagar el costo de la intemperie.
Es economista, sí, pero no de los que reducen la vida a una hoja de Excel. Tampoco de los que usan la pobreza como coartada moral. Mira los números como quien mira radiografías: para encontrar la fractura real, no para adornar el diagnóstico. Cuando habla de crecimiento, habla también de mesas vacías. Cuando habla de innovación, no olvida el territorio. Cuando habla de futuro, no vende humo: exige estructura.
No romantiza al Estado ni santifica al mercado. Sabe que ambos, sin ética ni capacidad, son máquinas torpes capaces de triturar personas con eficiencia administrativa. Desconfía del poder cuando se vuelve cómodo, del discurso cuando se vuelve rentable, de la política cuando deja de incomodar.
No escribe para agradar. Escribe para dejar marcas.
Su prosa no acaricia: empuja.
No consuela: despierta.
No busca likes: busca fisuras en el pensamiento ajeno.
Carga una convicción incómoda: el Perú no está condenado, pero tampoco se salva con frases huecas ni con coaching de domingo. Se salva con trabajo serio, con instituciones que funcionen, con innovación que baje al suelo, con decisiones que duelan hoy para no sangrar mañana.
No presume moral superior, pero tampoco pide permiso para decir lo que otros evitan. Hay en él una mezcla peligrosa para el sistema: rigor técnico + conciencia social + voz propia. Por eso incomoda. Por eso no encaja. Por eso insiste.
No cree en finales felices automáticos. Cree en procesos largos, mal agradecidos, sin aplausos inmediatos. Cree en sembrar aunque no vea la cosecha. Cree que pensar bien es un acto político más radical que gritar consignas.
Si hubiera que resumirlo sin adornos: no es neutral, es honesto. No es tibio, es preciso. No es extremo, es consecuente.
Y en un país acostumbrado al ruido, a la impostura y a la pose, eso – simplemente eso – ya es una forma de valentía.