Tiempo vacío, hambre normalizado

Sin los años nuevos de Antonio Gramsci, sin rituales que maquillan la carencia, sin palabras infladas que no llenan nada. Sin discursos que celebran, mientras el estómago sigue vacío. Sin ese vacío en la panza que ninguna meta, ningún brindis, ningún eslogan logra callar.

Porque al final no es el calendario lo que importa, sino el cuerpo. No es la fecha, sino el hambre. No es el discurso, sino la mesa. Y ahí fracasa buena parte del lenguaje contemporáneo: habla demasiado y alimenta poco. Promete futuro mientras posterga el desayuno. Exige esperanza a quienes no han cenado.

Gramsci rechazaba los años nuevos porque convertían la vida en contabilidad. Hoy habría que rechazarlos también porque convierten la miseria en paisaje normalizado. Se habla de resiliencia mientras se tolera el vacío en la panza como si fuera parte del orden natural. Se repiten palabras grandes – crecimiento, desarrollo, competitividad – sobre realidades pequeñas, rotas, exhaustas.

En el Perú profundo, en Cajamarca concreta, no hacen falta más narrativas de reinicio. Hace falta continuidad material. No hace falta otro discurso motivacional. Hace falta pan. Hace falta empleo. Hace falta techo. Hace falta que la vida empiece antes que el relato. Porque no hay subjetividad posible cuando el cuerpo está en deuda permanente.

Por eso, un pensamiento verdaderamente crítico – académico y humano a la vez – debe partir de ahí: sin hambre no hay abstracción, sin mesa no hay futuro, sin comida no hay tiempo social compartido. Todo lo demás es ruido. Todo lo demás es cosmética del poder.

Soñar con una mesa infinita no es romanticismo. Es radicalidad básica. Es afirmar que el sentido del desarrollo no está en el indicador, sino en la posibilidad cotidiana de desayunar, almorzar y cenar sin miedo. Que la dignidad no empieza en el discurso, sino en el estómago lleno. Que la justicia no se celebra: se sirve.

Sin años nuevos vacíos. Sin palabras llenas de nada. Sin ese vacío en la panza.

Solo entonces – cuando los invisibles estén sentados, cuando la mesa sea lo común y no el privilegio – el tiempo dejará de ser una deuda y podrá, por fin, empezar a contar para todos.

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